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martes, 2 de septiembre de 2025

¿De qué hablan los caricaturistas mientras dibujan?

En otra entrada citamos a un teólogo que escribió sobre la fenomenología de la percepción en una época temprana (siglo XVIII): el abad francés Étienne Bonnot de Condillac. Ahora evocamos otro caso de un teólogo que hizo su contribución pionera a una incipiente teoría del arte. En su indagación sobre los orígenes de la estética moderna, Wladiyslaw Tatarkiewicz nos remonta a la primera mitad del siglo XV para señalar al autor que hace de puente entre lo gótico y el renacimiento: Nicolas de Cusa.


Según Tatarkiewicz, a Nicolás de Cusa le llamó la atención el hecho de que el mundo en que vive el hombre es una creación de la naturaleza y del arte, y no hay nada en él que sea exclusivamente naturaleza, ni nada que sea exclusivamente arte. Las cosas que producimos con arte, o sea los artificios, no se corresponden con nada en la naturaleza puesto que no son una imitación directa de lo que se encuentra en el medio natural. La artificialidad de las cosas es un hecho sorprendente: las cajas o cucharas deben su materia a la naturaleza, pero la forma la tienen gracias al arte; su forma es, pues, obra del hombre.


A otro filósofo, Sócrates, según se narra en el Crátilo de Platón, también le causó curiosidad la artificialidad; en este caso la artificialidad del lenguaje, puesto que las palabras no son imitación de las cosas de la naturaleza. No existe el lenguaje natural, el lenguaje metafísico (algo con una existencia real, fuera de la mente de los que hablan), y por esa razón cada lengua tiene una palabra diferente para el mismo objeto.


Pero esa misma artificialidad del lenguaje comporta también una cierta arbitrariedad, porque las palabras para designar una cosa podemos cambiarlas incluso sin salir del mismo idioma. Por eso existen la sinonimia, las metáforas, la polisemia, la metonimia y, en general, hablando solo del chiste, los juegos de palabras y todo aquello que comporta el “doble sentido".


Los comunicadores visuales saben muy bien de esto. Para lograr un cierto nivel de exactitud en la comunicación, la imagen requiere de un texto que lo precise o lo ratifique. La imagen sola puede significar muchas cosas dependiendo del observador. Y en la comunicación cotidiana sucede algo similar. Cuando alguien le pide a otro que sea claro con un mensaje, le pregunta “a qué se refiere”, o pide un ejemplo concreto.


Esa condición de ser un sistema abierto, de dar lugar a la ambigüedad, de requerir un ancla contextual para precisar el significado, es al mismo tiempo el enorme valor creativo del lenguaje: hace posible otras interpretaciones, da lugar a realidades alternativas, permite pensar en cosas “posibles” por oposición a las cosas presentes tangibles. El discurrir con palabras nos abre la mente a lo posible, nos libera de un universo determinista y nos permite acceder a un universo probabilístico. 


Siendo el lenguaje una herramienta tan poderosa para imaginar lo probable, lo que puede llegar a ser, y siendo que la palabra también es un artificio para generar imágenes ¿cómo no es viable pensar que el lenguaje sea parte del acto de dibujar esa cosa probable, de llegar a un boceto para intentar describir lo que todavía no existe, lo que tan solo es una ficción o una fantasía? 


Lo que buscamos aquí es un nexo entre el acto de dibujar y el lenguaje. El dibujante sabe que la imagen que construye para representar una cosa, como sucede con la palabra, no es la única forma de representar esa cosa. Y esa es una característica de todas las cosas artificiales: no agotan la función a la que sirven. Todo artificio es mudable, contextual, y tiene una historia. Si el único modelo de silla fuera el de ésta en la que estoy sentado, no existirían todas esas versiones de silla que se muestran en los catálogos y en los compendios de historia del diseño de muebles.


El hecho de que ahora podamos dictarle a un programa informático la imagen que deseamos para transmitir un mensaje gráfico reactiva nuestro interés investigativo. Estos avances tecnológicos son los que nos llevan a reiterar la pregunta por el papel del lenguaje verbal en el arte del dibujo manual. ¿El cerebro, o el sistema visual, le dicta a la mano lo que debe dibujar? Si es así, ¿cómo lo hace? ¿Las instrucciones dictadas por la vía neural son algo tan impreciso y caótico como un garabato o un boceto muy vago? ¿Se puede dictar, es decir describir en palabras, algo que todavía no tengo claro qué es, o cómo debe ser? 


Es muy probable que esto tenga que ver con la memoria. Habría que ver cómo guarda nuestro sistema perceptivo la imagen del rostro observado. ¿El rostro observado y el rostro imaginado se guardan como imágenes pictóricas del mismo tipo? De ser así, ¿donde habría lugar para guardar una imagen de todas los rostros y de todas las cosas que observamos minuto a minuto y día tras día? Y eso sin contar con las imágenes soñadas. Los expertos en el tema de la percepción tienen un debate al respecto. Los pictorialistas sostienen que almacenamos esa información como imágenes pictóricas; los descripcionistas dicen que como instrucciones de un programa informático, algo más parecido a trabajar con palabras que con representaciones pictóricas. 


Si los descripcionistas tienen razón, debería haber un nexo inevitable entre lo que dibujo y lo que pienso por medio del lenguaje verbal mientras dibujo; la “elocución interna” sería entonces apropiada para describir la creación pictórica y no sólo la literaria. También es posible que el gesto imitativo del que ya hablamos a propósito de la Hipótesis de la Empatía de Gombrich constituya ese eslabón entre expresión verbal y gesto gráfico: totalmente inmerso en lo instintivo y en lo corporal, sería nuestra respuesta cinestésica a las formas en las que enfocamos nuestra atención. Esto es debido a que el cuerpo, como totalidad expresiva, responde con movimiento al movimiento, y toda forma es interpretada como manifestación de un movimiento.   


Si bien el dibujante no puede “hacer cosas solo con palabras, por lo menos puede poner de acuerdo la visión y el tacto y hacer que la mano trabaje con el ojo, como dice Richard Sennett, “para mirar hacia adelante físicamente, para anticipar y, así, mantener la concentración, si bien el lenguaje no es una herramienta adecuada para dar cuenta de los movimientos físicos del cuerpo humano. Pues, cuando la cabeza y la mano se separan, la que sufre es la cabeza”.


Esta pregunta es la tarea pendiente desde el inicio de nuestra investigación: ¿De qué hablan los caricaturistas mientras dibujan? ¿Hay un monólogo en el que las palabras no pronunciadas anticipan sus trazos sobre el papel? O, por el contrario, las palabras estorban un proceso que es de naturaleza puramente visual, y eso explicaría el mutismo del artista que solo habla de su trabajo, si es que lo hace, después de concluirlo.


Para un sociólogo como Richard Sennett, cabe aquí una distinción entre el artista y e artesano: el artesano “mantiene discusiones mentales con los materiales mucho más que con otras personas; pero no cabe duda de que las personas que trabajan juntas hablan entre sí sobre lo que hacen. Una buena razón para celebrar los encuentros entre caricaturistas y sus manifestaciones colectivas, en una época en la que predomina el sonambulismo tecnológico.


miércoles, 27 de enero de 2016

La ética del humor y los dilemas de la risa


Ante al fenómeno de la risa no todos reaccionamos de la misma manera. La decisión sobre lo que es risible y lo que es no risible, por ejemplo, nos pone en guardia frente a varios dilemas: ¿Podemos reírnos de todo? ¿Cuándo debemos reírnos y cuándo no? ¿En qué situaciones la risa es inapropiada? ¿Cuándo el humor es destructivo? ¿Cuándo la carcajada es una «salida en falso»?

Al intentar responder estas preguntas, nos hallamos ante uno de los aspectos más controversiales del tema: la ética de la risa. Sobre todo porque en algunas de sus manifestaciones, la risa se impregna con lo oscuro y lo bajo del ser humano, con sus actitudes y creencias maliciosas. Entramos en el territorio de una ética negativa de la risa, desde cuya perspectiva se ponen en tela de juicio los chistes racistas y sexistas, la burla, el sarcasmo, las bromas pesadas, el matoneo y todo aquello que contempla la función agresiva de la risa.

Según una certera declaración de Aristóteles, la risa tiene que ver con lo feo del hombre, siempre y cuando esa fealdad no produzca dolor. Y es en ese umbral entre lo feo tolerable y lo feo detestable en el que inadvertidamente la diversión se convierte en agresión directa, y donde se instalan las objeciones morales más frecuentes contra el humor. Se dice de él que promueve los aspectos detestables de una persona como el engaño, la insensibilidad, la irresponsabilidad, el hedonismo, la lascivia, la hostilidad, el irrespeto, el fanatismo y la tontería.

Uno de los investigadores que ha intentado responder estos interrogantes es el filósofo norteamericano John Morreall, quien empezó a interesarse en el tema de la risa desde sus años de colegial. En una de sus obras, Comic Relief, abordó ese aspecto tan poco estudiado del humor que es la dimensión ética de la risa. Y los resultados de su indagación lo llevaron a conclusiones inesperadas. Encontró, por ejemplo, que en colectivo la gente no se ríe de los grupos humanos que desprecia, como usualmente se cree, sino de grupos al margen de su cultura, y, a veces, de ellos mismos. Cuando un grupo odia a otro -dice Morreall-, lo manifiesta por medios directos y no necesariamente por la burla. La risa en tales casos es más bien expresión de una función defensiva y no de una función agresiva.

Estos y otros hallazgos llevaron a Morreall a identificarse con el pensamiento de Henri Bergson, para quien, contrariamente a lo que muchos piensan, la risa es incompatible con la emoción y no la expresión de una emoción en sí misma. Apoyado también en las ideas de Tomas de Aquino y Aristóteles -quienes consideraban que bajo las circunstancias adecuadas el sentido del humor es una virtud deseable-, nuestro autor propone en oposición a la ética negativa del humor, una ética de la desconexión emocional como la característica más importante de la risa.

De acuerdo con la argumentación del filósofo, el proceso mental que acompaña la risa tiene como una de sus consecuencias el bloqueo de las emociones negativas que suprimen la creatividad y el pensamiento crítico. Desde el punto de vista psicológico, el humor es una forma de apreciar los cambios cognitivos; estar de buen humor es estar, con la mente abierta, atentos a las ideas nuevas (el pensamiento divergente de De Bono) y a crear conexiones inesperadas entre las cosas (el proceso de bisociación de Arthur Koestler).

El sentido del humor tendría también consecuencias biológicas, pues está relacionado con la supervivencia de la especie humana. Apoyándose en el juicio de los antropólogos que también han estudiado el fenómeno de la risa, Morreall sugiere que la evolución del humor se debió en parte a la necesidad de prepararse los humanos para las experiencias novedosas y sorprendentes. La habilidad para identificar lo sorpresivo e inesperado nos hace flexibles para encajar en nuevos ambientes.

Para Morreall, el sentido del humor también fomenta un sentido crítico que es sano y provechoso para la sociedad en su conjunto: la risa descubre las incongruencias del mundo y de la sociedad, desvela las apariencias, el engaño y la hipocresía, y desalienta la tendencia a seguir incondicionalmente a un líder, actitud que fomenta la pasividad y el gregarismo.

La ética de la desconexión emocional también tiene sus consecuencias en el trato con los demás, es decir, en lo social interpersonal: Ponerse a distancia de las cosas y las situaciones es entender por qué las otras personas actúan como lo hacen. De modo que, al mirarnos objetivamente, el humor fomenta en nosotros la paciencia y la tolerancia con respecto a las debilidades de los demás.


El humor puede adquirir incluso un significado religioso al considerar la trascendencia que hay en la desconexión emocional, y esto tiene que ver con la autoirrisión: la capacidad de reírse de sí mismo. El que piensa solo en términos de aquí, yo, ahora sostiene Morreall podría ser considerado infantil, egoísta o sicópata. La ética de la desconexión emocional nos lleva a la orilla opuesta del egoísmo, hacia un auto-desprendimiento que actúa como mecanismo de enfrentamiento ante los embates de la cruda realidad.


Como lo expresó Baruch Spinoza: «La emoción que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto como nos formamos una idea clara y precisa del mismo». Y es aquí donde una ética positiva de la risa, la de la desconexión emocional, convierte el sentido del humor en una de las herramientas más poderosas para afirmarnos en la vida.  

miércoles, 28 de enero de 2015

La fórmula matemática del humor



El ingeniero ruso Igor Krichtafovitch ha dedicado gran parte de su vida a estudiar el humor. Movido por el deseo de responder a la eterna pregunta ¿por qué reímos?, ha leído a todos los autores publicados, desde los filósofos griegos hasta los neurobiólogos pragmáticos del siglo XXI. Sopesó las teorías convincentes y las descabelladas e indagó sobre las repercusiones de la risa en todos los ámbitos posibles de la actividad humana. Como resultado de su extensa investigación publicó en 2005 su ineludible y sugestiva monografía «Humor Theory», disponible en Internet en formato digital.

Sin embargo, lo insólito del trabajo de Krichtafovitch no es precisamente el haber abordado el problema del por qué de la risa por la vía de la reflexión humanista, si no el haber resuelto el enigma, si es que de verdad lo logró, por la ruta de la simulación matemática de la conducta humana.

Su modelo matemático para medir la eficacia de un chiste (EH) toma como variables relevantes el grado de interés del auditorio con respecto al tema del chiste (empatía del público, EP), la complejidad del chiste (C), el tiempo necesario para entenderlo (T) y el estado anímico de la audiencia (A), y conduce a la fórmula:

EH =EP x C/T+A

Para verificar la validez de su teoría matemática del humor, Krichtafovitch se dedicó a medir estos parámetros en diferentes auditorios (niños, adultos, mujeres, hombres), temáticas (política, sexo, racismo), tipo de chiste (negro, blanco, verde) e incluso los temperamentos nacionales.

Como si fuera poco, estudió la complejidad el chiste en sus diferentes aspectos lingüísticos y cognitivos. Respaldó su argumentación con una larga lista de conceptos relacionados con la forma verbal y expresiva del chiste: absurdo, ambigüedad, factor sorpresa, juegos de palabras, alegoría, contraste, simplicidad aparente, exageración, similitud, contradicción, expectación frustrada, evasivas, ironía, metáfora, burla, cuentos chinos, refranes y malentendidos (literalidad y polisemia).

A la evasiva pregunta del ¿por qué reímos?, Krichtafovitch responde después de estos vericuetos intelectuales confirmando lo que otros autores habían sostenido: porque el humor tiene como principal objetivo la supervivencia biológica y social del individuo. Porque el hecho de ser habilidoso para las bromas o ingenioso para contar chistes, y desde luego para entenderlos, es señal de superioridad mental e inteligencia. Habilidades ventajosas para el éxito social e, incluso, biológico, pues en el fondo todo deberá medirse con el rasero de la supervivencia.

En esto coincide con los etólogos, para quienes la risa es uno de los recursos favoritos de los seres humanos para expresar su conducta social. Equivalente a un ritual de cortejo, la risa y sus manifestaciones sociales (chiste, broma, sátira, chanza) son parte del mismo repertorio de actos predilectos para mantenerse vivo y «vigente» en el grupo. Tener un buen sentido del humor es tan importante como sacar 10 en matemáticas o lograr una conquista amorosa.

De modo que Igor Krichtafovitch descubrió la fórmula de la risa, pero al final resultó que el humor es parte de una estrategia evolutiva. Detrás de cualquier chiste, en el encuentro casual entre amigos o en una representación cómica teatralizada, hay  una contienda verbal sin defunciones cuyo objetivo es elevar el estatus y fortalecer la posición social. No es solo asunto de entretenimiento sino de competitividad. Incluso en una chanza inocente hay una especie de confrontación intelectual, una especie de preparación previa para los retos de la vida en sociedad.

Las conclusiones del ingeniero ruso también llevan a localizar el sentido del humor como un asunto de género. «El sentido del humor -dice- es una fuerte cualidad masculina». Es un signo de inteligencia especialmente valorado por las mujeres. Debido a que la evolución recae precisamente en el intelecto, un competidor inteligente tiene más posibilidades de conseguir pareja. Es por eso que en la contienda del sexo, el sentido del humor puede ser un indicio de masculinidad más importante que la musculatura.

viernes, 1 de julio de 2011

Técnicas del chiste


No existe la fórmula infalible para crear ideas humorísticas. Si embargo, un atento examen a las miles de caricaturas, chistes, historieta y cine de humor que tenemos hoy a nuestro alcance, permite desvelar algunos de los mecanismos más utilizados por guionistas y caricaturistas de todo el mundo. Los presentamos aquí, en un breve vistazo, emparentados con las Figuras de la Retórica, un recurso creativo con mucha historia que se ha expandido desde desde las artes de la palabra al mundo de la imagen visual.

ANALOGÍA. La analogía es una forma de razonamiento característica de la mente humana y se basa en una relación de equivalencia o similitud entre las cosas. Por lo general, en este tipo de caricaturas se aprovecha la semejanza entre dos objetos o situaciones que el lector podrá interpretar de acuerdo con su nivel de información y el contexto cultural al que pertenezca. Está emparentada con la comparación o “símil”.

CONTRASTE. Dentro de las explicaciones teóricas de la risa fue durante mucho tiempo la más común. En ella se confrontan conceptos o principios opuestos: gordo-flaco, astuto-torpe, bello-feo, sublime-ridículo, etc. Muy usado en el cine mudo, las comedias y las series de animación. Surge de la misma comparación y equivale a la antítesis como recurso de la retórica.

ABSURDO. Uno de los recursos más utilizados en el Humor Gráfico, especialidad de la caricatura en la que se procura no depender del texto (el componente lingüístico) para dar un carácter universal al mensaje. Se basa en situaciones imposibles en el mundo real y que por lo tanto resultan contradictorias a la lógica y al sentido común. Este aspecto de la risa ha sido estudiado, tanto en lo epistemológico como en lo estético, por filósofos como AristótelesKantKoestler y Schopenhauer, quien lo reconoce como incongruenciaTambién Sigmund Freud lo considera en su estudio sobre el chiste, motivo de la risa en el que el absurdo aparece vinculado con el placer de disparatar. Además, se puede afirmar que el absurdo está emparentado con el hipérbaton y la paradoja.

CONTRASENTIDO. Confronta dos o más elementos de modo que se contradigan entre sí, o vayan en sentido contrario. A diferencia del absurdo, las situaciones representadas pueden ser posibles o «verídicas». Podemos relacionar el contrasentido con otra figura de la retórica: el retruécano.

ASOCIACIÓN. En este caso se establece una relación entre conceptos o situaciones que habitualmente no están relacionadas, que son más bien extrañas, provocando la sorpresa del lector. Como en el absurdo y el contrasentido, se basa en el placer de disparatar (Freud) y ver la vida desde un ángulo insólito. Es, en el fondo, la misma metáfora.

SUBSTITUCIÓN. Consiste en reemplazar un objeto por otro. Podría ser una forma de llegar al absurdo o la asociación ya que equivale a colocar un objeto en una situación inusual, lo que puede surgir accidentalmente o en forma premeditada. Está relacionado con varias figuras de la retórica: la metáfora y la metonimia.

EXAGERACIÓN. Apela a la desproporción y a la deformación. Se destaca el aspecto o la cualidad sobresaliente de una persona o situación, llevándola al límite. El término «caricatura» viene de «caricare», o sea «recargar» algún rasgo más que otro en una representación. En la Caricatura Fisonómica, los rasgos de una persona se exageran o simplifican mediante un proceso de síntesis. La exageración está relacionada con una figura de la retórica conocida como hipérbole.

IRONÍA. Es una burla disimulada en la que se dice todo lo contrario de lo que se expresa. Son casos en los que se delata una debilidad o un defecto, pero amortiguando su efecto hostil, como en la figura retórica del eufemismo. Se la puede ubicar entre la sátira y el sarcasmo, y es muy común en la Caricatura Política.

REPETICIÓN. Ha sido una especialidad de la comedia, el cine cómico, los dibujos animados y algunas series de historieta. La repetición permite evocar o destacar ciertas cualidades o deficiencias de algo o de alguien y tiene como resultado un efecto de amplificación. Freud lo ubica entre las fuentes de placer en la risa, y está relacionada con la iteración, la redundancia y la aliteración como recursos retóricos.

JUEGOS DE PALABRAS. Se basa en la ambigüedad del lenguaje y los diferentes significados (giros semánticos) que pueden tomar las palabras en la vida cotidiana. Al no requerir de otro medio más que el de la lengua, se convierte en la más popular y extendida de las formas de provocar la risa, pero también en la mas localizada y de significación restringida.
Entre los recursos más utilizados están, además de las figuras de la retórica mencionadas arriba:

La homofonía. Palabras que suenan igual pero tienen un significado distinto: cerrar y serrar, cazar y casar.
La polisemia. Los múltiples significados que puede tener una misma palabra: pesar, curso, tirar.
El calambur. Por medio del calambur se re-agrupan las sílabas de una o más palabras de tal manera que se altera totalmente el significado de estas; por ejemplo, “plátano es / plata no es”, “¿Noel? ... ¡No, él!”.
La aliteración. La aliteración consiste en la repetición de una serie de elementos que tienen sonidos parecidos, como en el chiste “¿Qué ruido hacen los misiles que atacan Irak? - pues ¡Bushhhhhh!”.
La elipsis. Consiste en la omisión de un elemento que se adivina o se deduce del contexto.
La alusión. Se hace referencia o se alude a una persona o palabra que no se nombra, por ser tabú, por motivos éticos o estéticos, etc.

martes, 10 de agosto de 2010

Humor gráfico y análisis del chiste



Chistes gráficos
















Caricatura de Quino, humorista gráfico argentino.


Situación inicial: En la calle, un hombre asesina a otro y está guardando el arma cuando llega un agente de la policía. La apariencia de cada uno de los personajes ayuda a reconocer su papel en la escena del crimen. El atuendo del pistolero refuerza el estereotipo del “gánster” y su actitud de total despreocupación indica que se trata de un profesional realizando uno de sus “trabajos”. El policía, con su uniforme y su pose enérgica, refuerza la idea de autoridad.

Disyunción: La señal de “prohibido fumar” y la expresión enfática del policía indicando la señal de prohibición.

Final esperado: El dibujo perdería el chiste si, por ejemplo, el policía detuviera al agresor por asesinato. Ese sería un desenlace predecible que no causaría risa.

Final inesperado: Es el que se muestra en el dibujo: el policía ni se da cuenta del hombre tiroteado en el piso y, para nuestro asombro, se muestra inflexible ante la violación de la prohibición de fumar.

Desconcierto: En un comienzo no entendemos qué tiene que ver la escena del crimen con la expresión enfática del policía indicando la señal de prohibición.

Desciframiento: Es el momento en el que entendemos la ironía del caricaturista: que para la autoridad pública (la ley) el delito de fumar en la vía pública es más delicado que el mismo asesinato. Esa flagrante inversión de los valores es el motivo de la sátira que compartimos con el humorista.
Tipo de chiste: Es un chiste hostil, que expresa de una manera satírica la indignación del artista con respecto al cinismo y la doble moral de las instituciones encargadas de impartir justicia. Cumple una función social.














Caricatura de Ludo Goderis, humorista gráfico belga.

Situación inicial: Vemos el desfile una banda musical en el que pasa cada intérprete ejecutando su propio instrumento. El formato horizontal de la escena refuerza la idea del paso rítmico de los músicos. El recorrido de la mirada va de izquierda a derecha, coincidiendo con el sentido de lectura habitual de un texto.

Disyunción: En esta caricatura el elemento disyuntivo es muy fácil de apreciar, pues es muy evidente: al final del recorrido visual el ojo se detiene en el músico que yace en el piso, y que rompe con la regularidad de la marcha.

Final esperado: Podemos imaginar un desenlace sin humor muy simple: el hombre de los platillos marchando y tocando como sus compañeros. Otro final sin sorpresa podría ser el del mismo personaje acostado, durmiendo. En tal caso, al faltar otros elementos que justifiquen por qué el hombre está acostado mientras los demás marchan, se pierde el efecto del chiste.

Final inesperado: Pero lo que vemos realmente en el dibujo es que el hombre de los platillos tiene aun los brazos extendidos y un objeto clavado en el pecho. Es un hecho curioso, inesperado.

Desconcierto: Inicialmente no vemos por qué el hombre de los platillos ha caído, y tiene algo clavado en el pecho. ¿Qué tiene que ver este detalle con el resto de la escena?

Desciframiento: Al volver a iniciar el recorrido visual, nos damos cuenta que al bastonero, el primero de izquierda a derecha, se le ha escapado el bastón. El gesto que hace lo demuestra. Si relacionamos este hecho con el del músico herido, como causa y efecto, hemos descifrado el chiste.
Ahora vemos el dibujo de un modo diferente. Realmente no esperamos que suceda en un desfile una coincidencia tan desafortunada como esa; pero el hecho de entender la intención del caricaturista, la exageración y la ocurrencia del relato, lo festejamos a través de la risa.

Tipo de chiste: Es un chiste hostil, que expresa con algo de humor negro cómo ciertas circunstancias, por más extrañas que sean, pueden ser nefastas para la gente. En este sentido, el humor juega un papel defensivo ante la fatalidad que a veces parece signar la vida de algunas personas. Aquí hay una función biológica y social.



















Caricatura de Martirena, humorista gráfico cubano.

Situación inicial: En un primer vistazo, notamos que en un consultorio odontológico, un paciente es empujado hacia la silla dental.

Disyunción: La identidad del paciente es inconfundible: se trata, nada más y nada menos, que del mismísimo Supermán. El dibujante ha resaltado este detalle poniéndole más color a este personaje y su traje, que al resto de los elementos de la escena.

Final esperado: Tratemos de pensar en un desenlace “lógico” para este relato. Si se tratara de un hombre cualquiera temeroso del dentista y que se ha disfrazado de superhéroe, se perdería el efecto humorístico.

Final inesperado: Como no hay más indicios, le creemos al dibujante lo que nos quiere sugerir: que es Supermán, muerto de miedo, negándose a caer en manos del odontólogo.

Desconcierto: Aunque se trata de un chiste evidente, a simple vista, hemos de resolver la pregunta: ¿no se suponía qué el Hombre de Acero sólo le temía a la kriptonita?

Desciframiento: La kriptonita ha de ser más soportable para Supermán que la fresa del dentista.

Tipo de chiste: Es un chiste inocente, pues se divierte recreando una situación cotidiana con personajes ficticios. Sin embargo, el juego de ideas nos ayuda a liberar la angustia que experimentamos ante una acción física que puede causarnos daño. De esta manera, el chiste cumple una función biológica, de naturaleza defensiva.

Chiste verbal

Nora y Nori.

“Nora y Nori van juntas a todos lados. Ayer fueron a cine. En el intermedio, Nora fue al baño y Nori no”.

Situación inicial: Entre mujeres, no es de extrañar que dos amigas vayan juntas, incluso al baño.

Final esperado: Que ambas vayan al baño.

Final inesperado: Lo que leemos: que Nora va al baño y Nori no.

Disyunción: La afirmación “y Nori no”, que pronunciada con rapidez se oye como “y norinó”.

Desconcierto: Durante un tiempo muy breve no captamos el sentido de la disyunción. Es un final inesperado.

Desciframiento: La equivalencia verbal entre “Nori no” y “no orinó” es una figura que en retórica se llama “calambur”. El calambur es un recurso estilístico muy utilizado por cómicos y humoristas y en Colombia podemos apreciar su efecto en comerciales de radio y televisión.

Tipo de chiste: Aunque el chiste presenta superficialmente un juego de palabras, que implica una función de tipo intelectual, también puede contener un comentario sexista. El hecho de que las mujeres vayan juntas a sitios que connotan un cierto nivel de intimidad, puede ser visto como un instinto gregario o como un tipo de “solidaridad de género” del que carecen los hombres. En la imagen de la mujer satisfaciendo una necesidad fisiológica es fácil ver el mecanismo del desnudamiento del que habló Freud cuando describió el chiste tendencioso con orientación sexual.

La esposa del huevo.

“¿Cómo se llama la esposa del huevo? Respuesta: Clara de Huevo”

Situación inicial: Es una pregunta que tiene el carácter de un acertijo.

Final esperado: Que la esposa del huevo tenga un nombre “normal”.

Final inesperado: La esposa del huevo se llama Clara de Huevo.

Disyunción: La palabra “Clara”.

Desconcierto: “Clara de Huevo” suena como un nombre “creíble”, pues Clara es efectivamente nombre de mujer, y la preposición “de” corresponde al apellido de casada usado por algunas señoras. ¿Pero y qué del apellido “Huevo”?

Desciframiento: Sucede cuando nos devolvemos y enlazamos la respuesta con la misma pregunta. La palabra “clara”, es al mismo tiempo la parte “clara” del huevo (adjetivo) y el nombre de una mujer (sustantivo).

Tipo de chiste: En este chiste el juego de palabras también implica una función de tipo intelectual y la intención es divertirse con la ambigüedad del lenguaje. La elaboración del chiste implica algo de ingenio por parte del autor, mientras que el desciframiento por parte del receptor requiere un mínimo de habilidad cognitiva.

lunes, 1 de marzo de 2010

Chiste, comicidad y humor

En su libro “El chiste y su relación con lo inconsciente”, Sigmund Freud analiza los mecanismos del placer que caracterizan y diferencian los tres motivos de la risa que mayor atención han demandado de los estudiosos de este fenómeno: el chiste, la comicidad y el humor.

Freud empieza por dilucidar las diferentes técnicas que permiten producir el chiste, y luego se dedica a indagar, desde la perspectiva de su teoría psicoanalítica, de dónde proviene el placer que propicia esa descarga anímica a la que llamamos risa. Para lograrlo, compara el mecanismo de la elaboración del chiste con la elaboración de los sueños y revela la conexión entre la vida anímica del adulto y su regreso a la etapa infantil.

Al concluir su investigación, logra establecer que el placer del chiste surge de un ahorro de gasto anímico de coerción; mientras que el placer de la comicidad surge de un ahorro de gasto de representación, y el del humor, de un ahorro de gasto de sentimiento.
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Estos tres mecanismos de nuestro aparato anímico provienen del placer de un ahorro que puede ser explicado biológicamente como la tendencia de todo ser vivo a preferir las condiciones y estados que impliquen menor esfuerzo. La euforia que tendemos a alcanzar por estos caminos es el estado de ánimo de una época de nuestra labor psíquica con muy escaso gasto (esfuerzo); esto es, el estado de ánimo de nuestra infancia, en la que no conocíamos lo cómico, no éramos capaces del chiste y no necesitábamos del humor para sentirnos felices en la vida.
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El chiste

El placer que produce el chiste consiste, entonces, en un ahorro de gasto anímico de coerción, entendiendo la coerción, o represión, como todos aquellos obstáculos que las convenciones, normas y demandas socio culturales imponen a la satisfacción de nuestros impulsos vitales. La tendencia economizadora que opera en el chiste, la comicidad y el humor nos produce placer, es decir, nos reduce o evita el despliegue de una cantidad de energía anímica que podría ser útil en otras circunstancias. De este modo, los motivos de la risa nos proporcionan, como sucede con el sueño, un modo de recuperar el equilibrio anímico constantemente amenazado por las exigencias de nuestra vida en sociedad.


Antes de establecer la diferencia en el mecanismo de ahorro de gasto anímico en los tres motivos de la risa: chiste, comicidad y humor, Freud distingue dos clases de chistes: el chiste inocente y el chiste tendencioso. Aunque ambos pueden hacer uso de las mismas técnicas para producir la risa, sospecha que el chiste tendencioso dispone de fuentes de placer inaccesible al chiste inocente. Considera que el chiste inocente cumple solo una función intelectual puesto que no tiene un fin en sí mismo y no se halla al servicio de una intención determinada.

Por otra parte, el chiste tendencioso cumple dos funciones: una función agresiva en el chiste hostil, que está destinado a la agresión, la sátira, o la defensa y una función sexual en el chiste obsceno, destinado a mostrarnos una desnudez. Este tipo de chiste requiere, en general, de tres personas. “Además de aquella que lo dice, una segunda a la que se toma por objeto de la agresión hostil y sexual, y la tercera en la que se cumple la intención creadora de placer del chiste”.

La comicidad

En la comicidad, el ahorro de gasto anímico está relacionado con la forma como nos representamos a nosotros mismos y la comparación que realizamos con otra persona. Esta representación puede darse en el aspecto físico o en el aspecto conductual. Si al hacer esa comparación la otra persona queda reducida a parecer una cosa o a actuar como un muñeco (igual que en las leyes de la comicidad de Bergson) entonces experimentamos una superioridad que nos complace, es decir, que nos produce placer.

Podríamos entonces decir que reímos de una diferencia de gasto entre la persona objeto y nosotros, siempre que en la primera hallamos al niño. Así la comparación de la que nace la comicidad sería la siguiente: «Así lo hace ése− Yo lo hago de otra manera− Ése lo hace cómo yo lo he hecho de niño».

La risa surgirá de la comparación entre el yo del adulto y el yo considerado como niño. En esta comparación tanto el exceso como el defecto de gasto anímico de la otra persona nos resultan cómicos, y este disfrute de nuestra superioridad está relacionado con las condiciones de nuestra niñez, en la que podíamos señalar tales debilidades de las personas sin ningún tapujo. La actuación de alguien disparatado y torpe, por ejemplo, puede revelarnos un exceso de gasto anímico, mientras que las acciones y gestos de una persona tímida nos revelarían una falta de habilidad que asociamos con un defecto de gasto anímico.

Como puede verse, mientras en el chiste el mecanismo de la producción de placer exige la participación de tres personas, en las situaciones cómicas sólo se requieren dos. Y, por otra parte, mientras que el chiste debe ser elaborado (por medio de juegos de palabras, asociaciones de ideas, etc.) lo cómico lo descubrimos, nos encontramos con ello y lo disfrutamos incluso sin tener que comunicarlo a una tercera persona.
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El humor

Freud encuentra que el otro motivo de la risa, el humor, se halla más emparentado con la comicidad que con el chiste. Cuando en las situaciones que podrían ser cómicas los efectos dolorosos se imponen a cualquier otra apreciación, entonces el mecanismo del placer que produce la risa se ve obstaculizado.

Pero puede surgir otro tipo de ahorro de gasto anímico y este depende de la capacidad de las personas para sobreponerse a las situaciones lastimosas: el humor. El humor es entonces un medio de conseguir placer a pesar de los efectos dolorosos que se oponen al surgimiento de la risa y tiene como consecuencia la disminución o atenuación de tales efectos en el ánimo de la persona.

El placer del humor surge a costa del desarrollo de la emotividad reprimida y por esto se puede decir que el humor es el resultado del ahorro de un gasto de afecto. En los casos en los que se presenta, la persona que sufre el daño puede conseguir placer humorístico, mientras que los extraños se ríen sintiendo placer cómico. Este proceso se realiza en la sola persona doliente, y ella puede disfrutarlo aisladamente sin tener que compartirlo. De modo que, mientras que en el chiste hay tres participantes y en lo cómico dos, en el humor basta con uno.

Los afectos asociados al ahorro de gasto anímico que se da en el humor pueden ser varios: compasión, dolor, disgusto, enternecimiento, etc. Hablamos de humor negro, de humor a costa de nosotros mismos o a costa de nuestros seres queridos. En este sentido, la ironía es esa expresión del humor en la que disimulamos nuestra hostilidad para evitar un desenlace doloroso. En todos estos casos, el humor cumple una función defensiva en la regulación de nuestra vida anímica, puesto que permite desplazar el efecto de displacer que amenaza con apoderarse de nuestro ánimo y lo convierte en placer sometiéndolo a la descarga (la risa).

En una anécdota citada por Freud, un reo condenado a muerte pide una bufanda mientras es conducido al cadalso. Cuando se le pregunta por la causa de su petición, dice con mucho dominio de sí mismo que debe abrigarse para no pescar un resfriado. Esta grandeza de ánimo en la que una persona puede actuar de modo habitual cuando esperábamos ver en ella un gesto de desesperación, es una muestra del ahorro de gasto de sentimiento que opera en el humor.

Cuando nos preparábamos para invertir gran parte de nuestra energía anímica en una intensa compasión por el condenado a muerte, este sentimiento se convierte súbitamente en algo inútil y es entonces descargado a través de la risa.

Si observamos detenidamente el curso de nuestra vida anímica, veremos como surgen y se desvanecen esas situaciones que reproducen, quizá a menor escala que en la anécdota del reo condenado a muerte, esa exigencia a nuestra “presencia de ánimo” que nos permite reír cuando tendríamos que llorar. Debido a ese alto grado de intimidad y cotidianidad, el humor se presenta con mayor facilidad que el chiste y la comicidad, pues mientras que en éstas nos damos como espectáculo a los demás, en el humor nos reservamos el placer de la risa para nosotros mismos.

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